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El Alfa salió atropelladamente de la casa seguido por el Gamma. Los hijos de la princesa cargaron con el cadáver y se lo llevaron. Tea temblaba de pies a cabeza entre mis brazos, y yo con ella. En aquel silencio tenso, oí el burbujeo desde el caldero.

—El agua, Ronda —dije sin siquiera alzar la cabeza, apretada contra el hombro de Tea.

—Voy a precisar ayuda —terció la loba apresurándose hacia el hogar.

—Que te asista mi señora aquí, yo no soy sanadora de lobos.

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