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Tilda casi tuvo que darme de comer en la boca durante el almuerzo, porque mi única mano disponible dolía cuando la cerraba, de modo que me costaba sostener la cuchara sin que se me cayera y se volcara a mitad de camino.

Viendo lo frustrada y dolorida que estaba, preparó varios saquitos con valeriana molida y ralladuras de corteza de sauce, e insistió en acompañarme a mi habitación. La expresión con la que se detuvo en el umbral, mirando

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