Dominik se detuvo en la puerta de la celda, y por un momento, el silencio entre él y su padre fue absoluto. Luego, lentamente, se giró y lo miró con una sonrisa amarga que no llegaba a sus ojos.
—Espero que te sientas cómodo aquí, padre —dijo, su voz baja y tranquila—. Porque no vas a salir. Nadie va a sacarte.
Grigori entrecerró los ojos, y por primera vez, algo parecido a la inquietud cruzó su rostro.
—¿Qué quieres decir?
—Que ya me encargué de Serguei —respondió Dominik, sin apartar la mirad