La estación de policía estaba sumida en un silencio tenso cuando Grigori Adler fue escoltado hacia la sala de interrogatorios. El eco de sus pasos resonaba en el pasillo de baldosas frías, y el sonido metálico de las puertas al cerrarse marcaba el ritmo de su caída.
No mostraba ninguna emoción. Su rostro seguía siendo una máscara de piedra, y sus ojos grises, fríos y calculadores, recorrían el lugar con la misma indiferencia con la que habría recorrido una sala de juntas. Mantenía una dignidad