El aire acondicionado de la oficina me golpeaba el rostro con una insistencia gélida, pero no era suficiente para apagar el incendio que me devoraba por dentro. Desde la mañana, el mundo se había vuelto una espiral de náuseas y mareos. Cada vez que me ponía de pie, el suelo parecía inclinarse, y un vacío nauseabundo en la boca del estómago me obligaba a aferrarme al borde del escritorio para no colapsar. Mi cuerpo, que durante años había sido un instrumento de precisión, me estaba traicionando.