La noche en la finca no era oscura; era una sustancia viva que se filtraba por las rendijas de las paredes de madera, una negrura tan espesa que parecía querer asfixiar la última chispa de esperanza que quedaba en mi pecho. Me había quedado dormida sobre el escritorio, rodeada de informes financieros que ya no podía descifrar, con la pantalla del portátil emitiendo una luz fantasmal que me teñía el rostro de un azul espectral.
El sueño me atrapó de golpe, arrastrándome a un abismo donde las leye