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La llamada que lo cambia todo

La noche parecía no terminar nunca.

Valeria estaba acostada en la enorme cama de la suite principal, mirando el techo con los ojos abiertos. Habían pasado más de dos horas desde que Mateo salió del baño y se acostó en el sofá. El silencio de la mansión era absoluto, roto solo por el lejano sonido del aire acondicionado y el latido acelerado de su propio corazón.

No podía dormir.

Cada vez que cerraba los ojos, veía la pista de baile: la mano de Mateo en su cintura, su aliento rozándole la oreja, esa mirada verde que parecía leerle el alma. También veía la cara de su padre en la sala de juntas, el bolígrafo temblando en su mano al firmar el contrato, y la sonrisa satisfecha de Ramón Montiel cuando los periodistas los fotografiaron juntos.

Todo era una farsa.

Y sin embargo… algo dentro de ella empezaba a sentir que no lo era del todo.

Un sonido suave rompió el silencio. El teléfono de Mateo vibró sobre la mesita de noche que había junto al sofá. Él se movió, pero no contestó de inmediato. Valeria abrió los ojos y lo vio sentarse, mirando la pantalla con el ceño fruncido.

La luz del teléfono iluminó su rostro en la oscuridad. Su expresión cambió de golpe: sorpresa, luego tensión, y finalmente algo parecido a rabia contenida.

Mateo se levantó y salió de la habitación sin hacer ruido, cerrando la puerta tras de sí.

Valeria se incorporó en la cama, alerta. El corazón le latía con fuerza. ¿Quién llamaría a estas horas? ¿Su madre? ¿Algún problema con el albergue?

Pasaron varios minutos. La curiosidad y la inquietud pudieron más que el orgullo. Se levantó, se puso una bata ligera sobre el camisón y salió de la suite descalza.

Bajó las escaleras en silencio. La luz de la biblioteca estaba encendida. La puerta estaba entreabierta.

Se acercó con cuidado y escuchó la voz grave de Mateo. Hablaba bajo, pero la tensión era evidente.

—¿Qué quieres, Alejandro? … Sí, ya lo sé. Te enteraste. … No, no voy a explicarte nada por teléfono. … Porque ahora es mi esposa, no la tuya. … No te atrevas a amenazarme. Tú fuiste el que huyó como un cobarde la noche de la boda. … Si quieres hablar, ven en persona. Pero si te acercas a Valeria para lastimarla, te juro que…

Mateo se detuvo de golpe. Valeria vio cómo apretaba el teléfono con fuerza, los nudillos blancos.

—Haz lo que quieras —dijo finalmente con voz fría—. Pero no esperes que te devuelva lo que tiraste a la basura.

Colgó la llamada y se quedó mirando el teléfono durante varios segundos, respirando con dificultad.

Valeria sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Alejandro había llamado. Su exnovio, el hombre que la abandonó en el altar, ya sabía todo.

Y Mateo… lo había enfrentado.

Sin pensarlo dos veces, empujó la puerta de la biblioteca y entró.

Mateo levantó la mirada, sorprendido de verla allí.

—Valeria… ¿qué haces despierta?

Ella cruzó los brazos sobre el pecho, intentando controlar el temblor de su voz.

—Escuché parte de la conversación. Era Alejandro, ¿verdad?

Mateo suspiró y dejó el teléfono sobre el escritorio. Se pasó una mano por el cabello húmedo, claramente frustrado.

—Sí. Se enteró por las noticias. Está furioso.

Valeria dio un paso más cerca.

—¿Qué te dijo?

Mateo la miró fijamente. Sus ojos verdes parecían más oscuros bajo la luz tenue de la lámpara.

—Que esto es una traición. Que yo aproveché su ausencia para robarle a su novia. Que va a regresar pronto y va a reclamar lo que es suyo.

Valeria sintió un nudo en la garganta.

—¿Y tú qué le respondiste?

Mateo dio un paso hacia ella, reduciendo la distancia entre ambos.

—Le dije que ahora eres mi esposa. No suya. Y que si quiere acercarse a ti, tendrá que pasar primero por mí.

El silencio que siguió fue denso, cargado de electricidad. Valeria podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Mateo, su respiración agitada, la intensidad de su mirada.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó ella en un susurro—. Podrías haberle dicho que esto es solo un contrato. Que no significa nada.

Mateo levantó una mano lentamente y le apartó un mechón de cabello del rostro. Sus dedos callosos rozaron su mejilla con una delicadeza sorprendente.

—Porque ya no quiero que sea solo un contrato —confesó con voz ronca—. Porque cada vez que te miro, recuerdo a la chica que me salvó la vida aquella noche. Y porque, aunque intentes negarlo, tú también sientes algo cuando estoy cerca.

Valeria tragó saliva. Su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo.

—Estás equivocado —mintió ella, aunque su voz tembló.

Mateo se inclinó un poco más. Sus labios quedaron a solo unos centímetros de los de ella.

—¿Lo estoy? —murmuró—. Entonces dime que me aleje. Dime que no quieres que te toque. Dime que prefieres que Alejandro regrese y todo vuelva a ser como antes.

Valeria abrió la boca para responder, pero las palabras no salieron. Sus ojos bajaron involuntariamente a los labios de Mateo.

Él esperó. No la presionó. Solo esperó.

Finalmente, Valeria dio un paso atrás, rompiendo el momento.

—Necesito tiempo —susurró—. Todo esto es demasiado rápido. Hace unos días estaba comprometida con tu hermano. Ahora estoy casada contigo y… no sé qué siento.

Mateo asintió lentamente, aunque su mirada seguía ardiendo.

—Te daré tiempo —dijo con voz baja pero firme—. Pero no te engañes, Valeria. Esto ya no es solo un contrato. Para ninguno de los dos.

Se dio la vuelta y salió de la biblioteca, dejando a Valeria sola con el corazón desbocado y mil preguntas sin respuesta.

Cuando regresó a la suite, Mateo ya estaba acostado en el sofá, de espaldas a ella.

Valeria se metió en la cama y se tapó hasta el cuello. Pero el sueño tardó mucho en llegar.

Porque por primera vez, se permitió pensar en la posibilidad real de que Mateo no fuera solo un sustituto.

Y eso la aterrorizaba más que cualquier cosa.

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