Mundo ficciónIniciar sesiónEl viernes por la noche, la mansión Montiel parecía un campo de batalla silencioso.
Valeria estaba frente al espejo del vestidor, mirando su reflejo como si fuera una extraña. Llevaba un vestido largo de color rojo vino, elegante pero con un escote discreto en la espalda que dejaba ver parte de su piel. El cabello suelto caía en ondas suaves sobre sus hombros, y el maquillaje ocultaba las ojeras de las noches sin dormir. Parecía la esposa perfecta de un hombre poderoso. Pero por dentro se sentía como una impostora. —Estás preciosa —dijo una voz grave desde la puerta. Valeria se giró. Mateo estaba allí, vestido con un traje negro hecho a medida que le quedaba sorprendentemente bien. La camisa blanca contrastaba con su piel bronceada, y aunque se había afeitado, todavía conservaba esa aura salvaje que lo hacía diferente a todos los hombres que ella conocía. El tatuaje del cuello apenas se asomaba por el cuello de la camisa. —No sé si puedo hacer esto —confesó Valeria en voz baja—. Una gala benéfica… frente a toda esa gente que sabe que Alejandro me abandonó. Van a mirarme como si fuera un espectáculo. Mateo se acercó lentamente y se detuvo detrás de ella. Sus ojos verdes se encontraron con los de ella en el espejo. —Entonces mírame solo a mí —dijo con voz ronca—. Esta noche no eres la novia abandonada. Eres mi esposa. Y yo no permito que nadie humille a mi esposa. Valeria sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era solo la cercanía de su cuerpo, sino la forma en que lo dijo: posesiva, protectora, sin titubeos. —Esto es solo teatro —le recordó ella, aunque su voz sonó menos convincente de lo que pretendía. Mateo inclinó ligeramente la cabeza, su aliento rozándole la oreja. —El teatro se vuelve real cuando dejas de actuar. Antes de que Valeria pudiera responder, Sofía tocó la puerta. —El auto está listo. El señor Montiel ya bajó. Durante el trayecto hacia el hotel donde se celebraba la gala, el silencio en el auto era denso. Ramón Montiel iba en el asiento delantero, revisando su teléfono. Valeria y Mateo iban atrás, separados por apenas unos centímetros. Cuando llegaron, los flashes de las cámaras los recibieron como una tormenta. La alfombra roja estaba llena de periodistas y fotógrafos. Mateo bajó primero y rodeó el auto para abrirle la puerta a Valeria. Le ofreció la mano con naturalidad. —Respira —murmuró cuando ella tomó su mano—. Solo mírame a mí. Valeria entrelazó sus dedos con los de él. El contacto fue cálido, firme y extrañamente reconfortante. Caminaron juntos por la alfombra roja mientras las preguntas llovían sobre ellos: —Señora de la Vega, ¿es cierto que se enamoraron en secreto? —¿Qué siente al saber que su exnovio huyó con otra mujer? —¿Fue un matrimonio por amor o por conveniencia empresarial? Mateo apretó su mano y respondió con voz calmada pero firme: —Valeria y yo estamos juntos porque queremos estarlo. El resto es privado. Valeria se obligó a sonreír, aunque por dentro temblaba. Mateo la guio con seguridad entre la multitud, protegiéndola con su cuerpo cada vez que un fotógrafo se acercaba demasiado. Dentro del salón de baile, la gala ya estaba en pleno apogeo. Luces suaves, música en vivo, mesas con manteles blancos y centros de flores. Pero lo que más llamó la atención de Valeria fueron las miradas. Algunas de lástima, otras de curiosidad morbosa, y unas cuantas de envidia. Ramón Montiel los presentó a varios inversionistas importantes. Mateo se comportó con una educación fría pero impecable, aunque Valeria notaba cómo su mandíbula se tensaba cada vez que alguien mencionaba el “repentino cambio de novio”. En un momento, cuando Ramón se alejó para hablar con un senador, Mateo y Valeria se quedaron solos cerca de la barra. —¿Estás bien? —preguntó él en voz baja, inclinándose hacia ella. Valeria tomó una copa de champán solo para tener algo en las manos. —No. Siento que todos me miran como si fuera una mercancía defectuosa que fue cambiada en el último momento. Mateo tomó su copa y la dejó sobre la barra. Luego la tomó de la cintura con una mano, atrayéndola suavemente hacia él. —Entonces hagamos que miren otra cosa —murmuró cerca de su oído. Antes de que Valeria pudiera protestar, Mateo la guio hacia la pista de baile. La orquesta tocaba una melodía lenta y romántica. Él colocó una mano en su cintura y con la otra tomó su mano. Valeria no tuvo más remedio que apoyar la mano libre en su hombro. Bailaron en silencio durante los primeros segundos. Valeria podía sentir el calor de su cuerpo a través de la tela del traje, el latido constante de su corazón, el olor a madera y jabón que lo envolvía. —Estás temblando —observó Mateo con voz baja. —Es porque odio fingir —respondió ella. Mateo inclinó la cabeza hasta que sus labios casi rozaron su oreja. —¿Y si no fuera fingido? Valeria levantó la mirada hacia él, sorprendida. Sus rostros estaban tan cerca que podía ver las motas oscuras en sus ojos verdes. —No juegues conmigo, Mateo —susurró. —No estoy jugando —respondió él con seriedad—. Solo estoy diciendo la verdad que tú aún no quieres escuchar. La canción terminó, pero Mateo no la soltó inmediatamente. Sus manos permanecieron en su cintura unos segundos más, como si quisiera grabar ese momento en su memoria. Cuando volvieron a la mesa, Ramón los esperaba con expresión satisfecha. —Están llamando mucho la atención —comentó—. Eso es bueno. Mañana los periódicos hablarán de la pareja que se robó el protagonismo de la gala. Valeria se sentó, exhausta. Mateo se sentó a su lado y, sin pedir permiso, tomó su mano por debajo de la mesa y entrelazó sus dedos. Ella no la retiró. Horas después, cuando regresaron a la mansión, la tensión entre ellos era palpable. Valeria subió directamente a la suite. Se quitó los tacones y se dejó caer en la cama, todavía con el vestido puesto. Mateo entró poco después. Se quitó la chaqueta del traje y la corbata, quedando solo con la camisa blanca desabotonada en los primeros botones. —Fue una noche larga —dijo él, sentándose en el borde de la cama, a una distancia respetuosa. Valeria lo miró. La luz tenue de la lámpara iluminaba su rostro fuerte, la cicatriz en su ceja, el tatuaje que asomaba por el cuello de la camisa. —¿Por qué me protegiste tanto esta noche? —preguntó en voz baja—. Podrías haber dejado que me enfrentara sola a las preguntas. Mateo la miró fijamente durante varios segundos. —Porque eres mi esposa ahora —respondió con voz ronca—. Y aunque sea por contrato, mientras lleves mi apellido, nadie va a humillarte delante de mí. Valeria sintió que algo se removía en su pecho. Se incorporó lentamente hasta quedar sentada frente a él. —¿Y si algún día quiero dejar de ser tu esposa? Mateo se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. Sus ojos verdes brillaban con intensidad. —Entonces te dejaré ir —dijo con sinceridad—. Pero antes de eso, quiero que me des una oportunidad real. No como el sustituto. No como el hermano de Alejandro. Solo como Mateo. El silencio que siguió fue denso, cargado de posibilidades. Valeria miró sus labios, luego sus ojos, y por un segundo imaginó cómo sería besarlo sin que fuera parte de una farsa. Mateo pareció leer sus pensamientos, porque su mirada se oscureció. —Duerme, Valeria —dijo con voz ronca, levantándose del borde de la cama—. Mañana será otro día de teatro. Cuando salió de la habitación para ducharse, Valeria se quedó sola, con el corazón latiéndole con fuerza y una pregunta que no dejaba de darle vueltas: ¿Cuánto tiempo más podría seguir fingiendo que no sentía nada por el hombre que ahora dormía a pocos metros de ella?






