Tres años después.
El Refugio Verde ya no era solo un santuario. Era un pequeño pueblo verde. La escuela tenía doscientos niños, un comedor comunitario y un albergue para jóvenes de la montaña. Valeria, con setenta años, seguía levantándose antes que el sol para caminar por el sendero del río.
Esa mañana, sin embargo, algo era diferente. El agua bajaba turbia y traía un olor extraño. Valeria se arrodilló en la orilla y metió la mano. El barro estaba negro, pegajoso. Petróleo.
Corrió de vuelta a