Diez años después.
El Refugio Verde había crecido hasta convertirse en una institución. Tenía setenta y ocho cabañas, un centro de investigación certificado y un programa que llevaba niños de escuelas públicas de todo el país a conocer la naturaleza.
Luna, con sesenta y dos años, caminaba cada mañana por el mismo sendero que su madre recorría. Llevaba el cabello completamente blanco recogido en un moño y la chaqueta de Mateo todavía sobre los hombros, aunque ya le quedaba grande.
Esa mañana se