Priscila sintió como si un incendio forestal púbico comenzará arder desde el centro de su entrepierna hacia cada parte de su cuerpo.
—¡Bienvenida, socia!
—B-buenas tardes —ahora quien estaba nerviosa y tartamudeaba, era ella.
—¿Puedo pasar? —preguntó él viendo que ella permanecía sin moverse con la puerta y boca, abiertas.
—C-claro, pasa. —dijo y se abrió paso. Lo siguió con la mirada hasta que él abrió el botón de su saco y se sentó en la silla, luego caminó hasta su sillón.— ¿En qué pu