El amanecer en el Penthouse fue asfixiantemente frío como el invierno que cala hasta los huesos. La indiferencia entre Ian y Annie se había solidificado, convirtiéndose en un muro que ninguno de los dos se atrevía a derrumbar. Ian, con el traje impecable y la frialdad marcada, estaba de vuelta en su rostro, apenas le dirigió una mirada fugaz antes de salir hacia la empresa. Annie, envuelta en su propia tristeza y sintiéndose más sola que nunca en la vida del hombre que amaba, se quedó escuchand