Las cámaras llenaban la sala de prensa de Winchester. Detrás del podio de caoba pulida, Ian Winchester se encontraba de pie, enfrentando a un mar de periodistas ávidos de sangre.
Tragó en seco, sintiendo un nudo pesado en la garganta. La incomodidad lo devoraba por dentro; detestaba estar en esa posición de vulnerabilidad, detestaba sentir la presión de decenas de miradas juzgando su único gran error. Por un segundo, la idea de marcharse cruzó por su mente, pero su instinto de liderazgo fue más