—Doctor, ¿puedo ver a mi madre? —preguntó Annie, rompiendo el silencio del consultorio. Su voz sonaba cansada, pero cargada de una necesidad urgente—. Realmente necesito verla. Al menos un momento... no lo sé, solo quiero saber que está respirando bien.
El cirujano le dedicó una sonrisa comprensiva, pero negó con un suave movimiento de cabeza.
—Te entiendo, Annie, pero lo mejor es esperar —le explicó el médico, dándole el visto bueno a medias—. Ahora mismo está bajo los efectos de la anestesia