Los ojos de Ian, de un azul zafiro habitualmente inescrutable, estaban clavados en ella. Y por primera vez desde que lo conocía, la máscara de hielo se había hecho añicos. La preocupación latía en cada una de sus facciones; era tan evidente y cruda que a Annie le robó el poco aliento que le quedaba. El hombre imponente, que siempre tenía el control absoluto de su entorno, se acercó a la camilla desprovisto de toda su característica calma. Parecía desesperado, casi errático.
—¿Cómo te sientes? —