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—Respira... respira conmigo, Ian. Yo te ayudo —le rogó Annie, con la voz temblando por el miedo, presionando el cartucho para liberar el medicamento. Ian cerró los ojos y aspiró profundamente. Necesitó dos dosis más antes de que el asfixiante nudo en su garganta comenzara a ceder y el aire por fin lograra llegar a sus pulmones. Annie no lo soltó; pasó sus brazos alrededor de la ancha espalda del hombre, frotándola con fuerza para intentar calmar sus temblores y el ritmo acelerado de su corazón.
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