Brenda Winchester acababa de regresar a la imponente mansión familiar después de su detestable e incómoda visita al gimnasio con Norelia. Se había dado una larga ducha para quitarse de encima lo que ella llamaba "el aroma a plebeyos" y se encontraba sentada en el tocador de su habitación, aplicándose sus costosas cremas nocturnas.
De repente, el silencio de la inmensa alcoba se vio interrumpido. Su teléfono celular, descansando sobre la superficie de mármol, comenzó a vibrar y a emitir un inces