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Cuando la muchacha se encontró finalmente sola en la inmensidad de la sala, sintió que el calor le subía al rostro como una llamarada. Llevándose las manos a las mejillas, comprobó que, en efecto, estaban al rojo vivo.

Huyó rápidamente de la sala, casi corriendo por el pasillo hasta encerrarse en su habitación. Se apoyó contra la puerta cerrada, respirando con agitación, y notó un ligero e incontrolable temblor en su cuerpo. Era increíble cómo el malestar y aquel remanente de dolor que le habí
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