Las puertas del antiguo edificio del consejo estaban cerradas, pero ya no protegían nada.
Afuera, la manada se había reunido como nunca antes en generaciones, decenas y luego cientos de lobos ocupaban el patio de piedra que rodeaba la construcción del consejo.
Las antorchas ardían en manos de los guerreros, proyectando sombras largas sobre las paredes del edificio.
Los aullidos habían cesado, pero ahora solo quedaba un silencio lleno de expectativa, un silencio cargado de furia contenida.
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