La noche había llegado y todos estaban preparados.
No había señales en el cielo, ni presagios evidentes, solo una quietud incómoda que se extendía por todo el territorio de Eros.
Y a pesar de ese incómodo silencio, el bosque ya estaba despierto.
Ares avanzaba con cautela entre los árboles, con el cuerpo tenso y la mente fría, mientras que a su alrededor, los jóvenes lobos se movían con precisión, sin necesidad de órdenes verbales y sin dudar.
Este no era un grupo improvisado, era una forma