— ¿Tu abuela? — Elara miró a su hija, sorprendida, ¿Por qué Selina le preguntaba por su abuela ahora?
— Sí, me gustaría saber de ella, quiero que me hables de mi abuela… — Insistió Selina con algo de ansiedad.
Elara no respondió de inmediato, se quedó quieta, con la taza entre las manos, pensativa, aferrada al calor que emanaba del humeante café.
La luz gris del amanecer se colaba por la ventana de la sala, empolvando el aire, haciendo que todo se viera más viejo de lo que Selina recordaba.