Salí del baño con nuestras manos entrelazadas, dejando atrás la evidencia en la bañera.
Salimos de la habitación y caminamos hasta el comedor, donde me sorprendí al ver que la mesa estaba puesta.
No era para nada elegante ni elaborado, sino un desayuno claramente preparado por alguien que no era un experto en la cocina:
Huevos revueltos un poco secos, tostadas con bordes quemados e incluso fruta cortada en trozos irregulares.
—Holden, ¿hiciste esto tú solo? —le pregunté, señalando la mesa.