Mundo ficciónIniciar sesiónEl café sabía distinto en la cocina de mis padres, no era mejor, pero se sentía… más seguro. El vapor subía en espirales lentas, chocando contra el silencio de una casa que me conocía desde antes de que aprendiera a mentir.
—¿Vas a seguir moviendo la taza o vas a tomarlo? —preguntó mi madre sin darse la vuelta.
Sonreí apenas, con la mirada fija en el remolino oscuro del líquido.
—Estoy pensando.
—Pensar tanto nunca ha sido buena idea en esta casa, Alex.
Esa frase me obligó a levantar la vista, mi madre apareció en el marco de la puerta con ese gesto tranquilo que siempre la había definido, no invadía, no presionaba simplemente estaba y en ese momento su presencia era la unica ancla que me quedaba.
—No tienes que decir nada si no quieres, pero conozco a mi hija y se que algo te paso en buenos aires —añadió, apoyándose ligeramente contra la pared.
Asentí, pero no por falta de ganas de hablar sino porque las palabras se me atascaban en la garganta. El silencio entre nosotras nunca había sido incómodo, pero hoy pesaba con la gravedad de lo que ambas ya sabíamos.
—Se acabó —dije finalmente.
Fue simple, directo y sin adornos. Mi madre no reaccionó con sorpresas dramáticas ni preguntas innecesarias, caminó hacia mí y dejó su mano sobre mi hombro, un peso cálido y real.
—Lo sé —murmuró.
Parpadeé, sorprendida por su certeza.
—¿Cómo?
—Porque volviste.
Esa respuesta me desarmó más que cualquier otra cosa, no hizo falta explicar el saldo en cero, ni las risas en el pasillo, ni el vacío en el pecho. Ella lo entendía porque me veía no como yo pretendía ser, sino como lo que era en ese instante, una mujer que había perdido el norte.
—No quiero hablar de él —añadí en un susurro.
—Entonces no lo hagas mi amor.
Y así de fácil el nombre de Damián quedó desterrado de la conversación, tomé un sorbo de café; estaba caliente y por primera vez en días sentí algo distinto al vacío absoluto.
—¿Y ahora? —preguntó ella con suavidad, pero con la firmeza de quien sabe que la vida no se detiene a lamer heridas.
Miré la mesa, luego la ventana, y finalmente me miré a mí misma a través del reflejo en el cristal.
—Ahora quiero empezar desde cero, dejar todo lo que vivi atras y enfocarme en mi.
La frase salió más firme de lo que esperaba, no porque estuviera lista sino porque la necesidad de supervivencia era más fuerte que el miedo.
Mi madre asintió con aprobación —Entonces hazlo bien.
—¿Y si no puedo?
—Vas a poder —respondió con esa lógica implacable de las madres—No porque sea fácil, Alexandra, sino porque se el potencial que tienes, eres mi hija y te conozco.
El silencio volvió, pero esta vez era ligero, casi posible.
—Quiero buscar mi propio espacio —dije después de unos segundos— Necesito un lugar donde nadie me conozca, donde nada me recuerde a...—me detuve, incapaz de nombrar el dolor.
—¿A Buenos Aires? —completó ella.
Negué levemente con la cabeza.
—A lo que fui aquí, a la mujer que se dejó engañar.
Mi madre sonrió apenas, una chispa de orgullo en sus ojos.
—Entonces no estás huyendo, hija. Estás empezando.
Por primera vez desde que el mundo se rompió, esa idea tuvo sentido. Esa misma tarde abrí mi laptop en el viejo escritorio de mi cuarto. No lo hice con entusiasmo pero sí con una intención afilada, Busqué opciones, ciudades, empleos que exigieran la frialdad que yo estaba empezando a cultivar.
Y entonces, un correo aparecio en la pantalla: Vilmort Enterprises.
Cerré la laptop y respiré hondo. No sentí felicidad pero sí sentí movimiento y en ese punto de mi vida, el movimiento era más que suficiente para empezar a caminar.







