El sonido de la bofetada de Theresia, seca y resonante, seguía flotando en el aire de la lujosa oficina, un eco de la autoridad inquebrantable de la matriarca, que reverberaba en el silencio. Yago se sobaba la mejilla con lentitud, su expresión una mezcla de sorpresa, una velada resignación y un atisbo de frustración por la reprimenda pública. Nant observaba la escena, muda, casi petrificada, comprendiendo con una claridad meridiana que solo su madre podía ejercer tal control sobre el intocable