Yago, aún sorprendido por la inesperada presencia de Albert y la intrusión de su madre en su vida privada, agradeció el gesto con la mayor cordialidad que su agotamiento le permitía. La idea de comida, por más que su estómago estuviera revuelto, era un atisbo de normalidad que, extrañamente, agradecía.
—Gracias, Albert —dijo Yago, intentando sonar más animado de lo que se sentía—. ¿Qué se ha preparado para cenar?
Albert asintió con su usual aplomo, como si servir a un CEO en medio de una crisis