Yago abrió la puerta del departamento, el peso del día arrastrándose con él. El eco del escándalo de Belem resonaba en su cabeza, un zumbido constante que no lo había abandonado desde que la noticia estalló. Su ropa estaba arrugada, su corbata aflojada y la barba incipiente marcaba el cansancio de horas de llamadas, reuniones de emergencia y el intento fallido de contener la hemorragia mediática. Su mente estaba saturada, pensando en cada movimiento legal, cada estrategia de relaciones públicas