La noche en Puerto Esmeralda había alcanzado esa hora mágica donde el bullicio de la ciudad se convierte en un susurro lejano y el sonido rítmico de las olas del Golfo de México se apodera del ambiente. En la terraza de la residencia de Yago del Castillo, el aroma a mantequilla clarificada, hierbas finas y el salitre del mar flotaba en el aire, mezclándose con la satisfacción de una crisis convertida en oportunidad.
Sentado a la cabecera de la mesa, Yago observaba a Mateo. El joven ejecutivo, q