El sol de la mañana se filtraba a través de las hojas de las palmeras, proyectando patrones danzantes sobre el suelo de mármol del elegante restaurante del hotel. La hostess, con una deferencia impecable, había guiado a Yago, Nant y Theresia a un rincón discreto, apartado del bullicio matutino, ofreciéndoles una privacidad que, en el mundo de los Castillo, era tan valiosa como el oro. Theresia se había sentado con la espalda perfectamente recta, su postura tan impecable como su traje, mientras