El mesero, un hombre de rostro impasible pero ojos atentos, se mantenía erguido al lado de Eunice, su libreta de comanda impecablemente pulcra en una mano y una pluma lista en la otra. La tensión de la indecisión de Eunice era palpable para él, un eco del nerviosismo que a menudo percibía en comensales menos familiarizados con la alta cocina o los protocolos de un restaurante tan exclusivo. Eunice, con la carta en sus manos, sentía el peso del papel satinado, sus ojos escaneando las palabras en