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A la mañana siguiente, Miranda se levantó en la casa de su amiga. Vera ya estaba despierta y se movía por el apartamento, brindándole un apoyo silencioso pero firme. Le había preparado un desayuno y se sentó con ella durante un largo rato, ayudándola a sentirse un poco mejor, aunque el dolor de la traición era una herida abierta.

—Los huevos revueltos están deliciosos —la animó Vera, intentando que Miranda se concentrara en algo mundano.

—Es cierto, gracias Vera —respondió Miranda, logrando com
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