343. MI MANADA
KATHERINE
Me estiré perezosamente en la cama.
Mis muslos protestaron un poco, y mi mente algo adormilada recordó el porqué de la incomodidad.
Aún sentía el cosquilleo delicioso de las vigorosas penetraciones.
Obvio, me dolían las piernas si monté al Duque como jinete sobre un toro mecánico, y qué clase de toro me había tocado.
Sonreí un poco mirando hacia el techo sobre mi cabeza.
De verdad que me pasaba de descarada.
Igual debía procurar tener la oportunidad de seducir a Elliot porque no era