295. REGRESEMOS A CASA
SILAS
Di un paso y otro, algo indeciso de si le gustaría esta ilusión que creé a partir de mi magia negra.
—¿Amor, eres tú? —sus ojos hermosos me miraron dudosa, en medio del claro, bañada en plata.
Su magia, que llamaba a mi ser, se extendió tanteándome, probándome.
Comencé a avanzar hacia ella.
Las almohadillas de las enormes patas pisaban las hojas caídas y el suave césped.
Me sentía incluso un poco ridículo, pero por ella haría lo que fuese.
“Soy yo”, le dije en su mente.
—¡Silas, te tr