Para mayor sorpresa del anciano Long, los hombres no se movieron.
—¿Qué están esperando? ¿Acaso están sordos, o muertos? —gritó él, golpeando su bastón contra el suelo.
Pero los guardias se mantuvieron inmóviles.
Agatha cruzó los brazos y soltó una risa fría y burlona mientras avanzaba, con sus tacones golpeando amenazadoramente el suelo pulido.
—Realmente no lo entiendes, ¿verdad? —dijo, con un tono calmado pero que destilaba veneno—Te has aferrado a tu antigua autoridad como un viejo p