Al escuchar las palabras de Norman, las rodillas de Fredrick se doblaron. Parecía un hombre mirando a su propia tumba. El sudor le caía por las sienes mientras se volvía hacia Jaden. Su orgullo se había ido, y su rostro estaba hinchado por el golpe anterior.
Sin dudar, se arrodilló y se arrastró hacia Jaden, con las manos juntas en una súplica patética.
—Rey, por favor... Lo siento —gruñó Fredrick, con la voz temblorosa—. Lo admito. Yo me equivoqué. Perdóneme... hágalo por el señor Norman.
La