Vane corrió hacia la puerta, casi tropezándose con sus propios pies. Nora iba detrás de él. Pero en el instante en que vieron quién estaba afuera, ambos se quedaron paralizados.
Se les cayó la mandíbula. Abrieron los ojos como platos.
No era un vendedor. No era un vecino. Al principio, ni siquiera reconocieron a la persona.
Allí de pie había un hombre calvo de mediana edad, vestido con una bata blanca de hospital. Su pierna izquierda estaba atrapada en un grueso yeso, y se apoyaba con dificultad