En el Salón Girasoles del Jardín de Niños Estrella Brillante, reinaba el caos. La maestra brillaba por su ausencia.
En su lugar, un niño gordo con una sonrisa engreída jalaba una cuerda como si estuviera paseando a un perro. Salvo que no era un perro: era una niña pequeña, gateando indefensa sobre manos y rodillas, con la cuerda atada al cuello.
—¡Muévete, perra! —le gritó el niño regordete—. ¡Eres mi perro, Mia! ¡Ladra! ¡Ahora!
Mia, de no más de cuatro años, se arrastraba hacia adelante; tenía