Selena no luchó en sus brazos. Su cuerpo estaba flácido, vacío de toda voluntad. Solo sus ojos la traicionaban: inmensos, vidriosos, dejando escapar lágrimas silenciosas como si con ellas pudiera lavar los años de tormento que había soportado.
No estaba rota. No del todo. Pero la habían ido desmoronando, pieza por pieza, hasta que solo quedó el cascarón de la mujer que alguna vez fue.
Cinco años. Cinco años de caminar por la vida como una sombra. Viviendo como un fantasma en su propia piel. Cada