El miedo recorrió la espalda de Selena como una descarga eléctrica en cuanto Declan Raze pronunció aquellas palabras repugnantes. Sintió una punzada y, por un instante, el aire se le atoró en la garganta.
Sin pensarlo, giró sobre sus talones y corrió hacia la puerta como un animal asustado.
Pero los dos guardaespaldas, enormes como gorilas, fueron más rápidos. Unas manos gruesas y ásperas se cerraron sobre sus muñecas delicadas como esposas de hierro, jalándola hacia atrás. Tropezó, con los taco