Inicio / Romance / El Renacer de la Rechazada Luna / CAPÍTULO 8: UN MENSAJE EN SANGRE
CAPÍTULO 8: UN MENSAJE EN SANGRE

La tensión en el Reino de Piedrasangre cambió antes de que nadie dijera una palabra.

Abital lo sintió en el momento en que entró en el gran salón.

El aire era más pesado.

Estático.

Como si algo estuviera esperando estallar.

Los licántropos bordeaban las paredes de la cámara, con sus movimientos habituales apagados y sus expresiones afiladas por la anticipación. Incluso los bajos murmullos que normalmente llenaban el espacio habían desaparecido.

Algo había sucedido.

O estaba a punto de suceder.

Abital ralentizó sus pasos, sus ojos escaneando la habitación.

—¿Qué está pasando? —preguntó en voz baja.

Finn, que caminaba a su lado, exhaló lentamente.

—Tenemos un visitante.

Su estómago se tensó.

—¿Un visitante?

Él la miró de un modo que no le gustó.

—No del tipo amigable.

Antes de que pudiera preguntar más,

las enormes puertas del fondo del salón se abrieron con un crujido.

Todas las cabezas se giraron.

Dos guardias entraron primero, arrastrando a alguien entre ellos.

La respiración de Abital se cortó.

Un lobo.

Pudo olerlo al instante.

Silverwood.

Su pecho se apretó mientras el aroma de su antigua manada golpeaba sus sentidos: familiar, doloroso, no deseado.

El hombre tropezó mientras lo obligaban a avanzar, manchado de tierra y tenso, sus ojos mirando a su alrededor con un miedo apenas contenido.

Pero había algo más en su expresión también.

Arrogancia.

Como si creyera que todavía tenía poder allí.

—De rodillas —gruñó uno de los guardias.

—Me mantengo firme por mi Alfa —respondió el mensajero, tratando de soltarse.

Eso no terminó bien.

El guardia lo obligó a arrodillarse de todas formas.

Con fuerza.

El sonido resonó en todo el salón.

Abital se estremeció.

Luego

Cayó el silencio.

Un tipo diferente de silencio.

El tipo que viene con la autoridad.

Uriel entró.

No se apresuró.

No necesitaba hacerlo.

Toda la habitación cambió en cuanto él dio un paso adelante.

El poder emanaba de él como algo vivo, presionando contra cada pared, cada persona, cada respiración.

Abital lo sintió en lo profundo de su pecho.

Esa atracción otra vez.

Esa conciencia.

Sus ojos dorados se posaron en el lobo arrodillado.

Fríos.

Sin impresionarse.

—Has cruzado a mi territorio —dijo Uriel con calma—. Sin permiso.

El mensajero tragó saliva pero levantó la barbilla.

—Vengo en nombre del Alfa Damon Blackthorn.

Al oír ese nombre,

el cuerpo de Abital se puso rígido.

El salón pareció oscurecerse.

Uriel no reaccionó de inmediato.

Lo que de alguna manera lo hizo peor.

—Habla —dijo.

El mensajero respiró hondo, claramente tratando de reunir valor.

—Mi Alfa exige el regreso inmediato de lo que le pertenece.

Los dedos de Abital se cerraron en puños.

Ya lo sabía.

Pero oírlo seguía sintiéndose como una bofetada.

—¿Qué le pertenece? —preguntó Uriel, con voz peligrosamente baja.

Los ojos del mensajero se desviaron solo un segundo

Hacia ella.

—Hay una loba rebelde bajo su custodia —dijo—. Abital Storm. Es propiedad de la Manada Silverwood.

La palabra resonó.

Propiedad.

Algo dentro de Abital se retorció.

La humillación.

La ira.

El recuerdo de la voz de Damon

"¿A dónde más irías?"

Su pecho ardía.

—Huyó tras su rechazo —continuó el mensajero—. Pero eso no la libera de la ley de la manada. Sigue obligada a servir. El Alfa Damon ordena su regreso.

Órdenes.

Órdenes.

Órdenes.

El salón quedó mortalmente quieto.

Abital no se atrevió a mirar a Uriel.

No se atrevió a respirar.

Porque podía sentirlo.

El cambio.

La tormenta.

Lentamente,

Uriel dio un paso adelante.

Cada paso resonaba.

Medido.

Controlado.

Letal.

Se detuvo frente al mensajero.

Imponiéndose sobre él.

—Entraste en mi reino —dijo Uriel en voz baja—. Para exigirme algo.

El mensajero tragó saliva.

—No es una exigencia. Es una solicitud formal…

Uriel se movió.

Rápido.

Demasiado rápido para verlo.

Un grito estrangulado rasgó el salón.

Abital jadeó.

El mensajero chilló.

La mano de Uriel estaba envuelta alrededor de su muñeca.

Y sangre goteaba al suelo.

Por un segundo, Abital no comprendió lo que veía.

Luego

Lo entendió.

Un dedo.

Arrancado.

La mano del mensajero temblaba violentamente, la sangre brotaba mientras gritaba de agonía.

El salón permaneció en silencio.

Nadie se movió.

Nadie se atrevió.

Uriel dejó caer el dedo cortado como si no significara nada.

Luego se inclinó ligeramente hacia el hombre tembloroso y destrozado.

—Lleva eso de vuelta a tu Alfa —dijo, con voz baja y letal.

El mensajero sollozaba, sujetándose la mano.

—E–Esto es un acto de guerra…

La mano de Uriel se tensó solo un poco.

—Esto es misericordia.

Silencio.

Silencio aterrador.

—Porque solo tomé uno.

La amenaza flotó en el aire.

Clara.

Absoluta.

Uriel se enderezó, su mirada se volvió gélida.

—Le dirás esto a Damon Blackthorn —continuó.

Su voz no se elevó.

No necesitaba hacerlo.

—Ella no es suya.

La respiración de Abital se cortó.

—Nunca fue suya.

Su corazón golpeó violentamente.

—Y si se atreve a pisar mi territorio otra vez… —Los ojos de Uriel se oscurecieron—. La próxima vez no enviaré nada de vuelta.

El significado era inconfundible.

Muerte.

El mensajero asintió frenéticamente, su arrogancia completamente destrozada.

—L–Lo tengo… se lo diré… lo juro…

Uriel lo soltó como si fuera nada.

—Fuera.

Los guardias no esperaron.

Arrastraron al mensajero ensangrentado, sus gritos resonando hasta que las puertas se cerraron de golpe tras él.

El silencio volvió a llenar el salón.

Pesado.

Cargado.

Inolvidable.

Abital se quedó helada.

El pulso le retumbaba en los oídos.

Sus pensamientos eran un caos.

No dudó.

No cuestionó.

No negoció.

Eligió.

A ella.

Lentamente,

Uriel se giró.

Su mirada encontró la de ella al instante.

Fijada.

Inquebrantable.

Por un momento, todo lo demás desapareció.

El salón.

Los licántropos.

La sangre.

Solo estaban él.

Y ella.

—No eres una propiedad —dijo.

Las palabras golpearon más hondo que cualquier otra cosa.

Su garganta se apretó.

Algo frágil se rompió dentro de ella.

No de dolor

Sino de algo peligrosamente cercano al alivio.

—Yo… —Su voz falló.

Uriel se acercó.

No amenazante.

No violento.

Simplemente… seguro.

—Nadie es dueño de ti —continuó, más bajo ahora—. Ni él. Ni tu manada.

Una pausa.

—Ni siquiera yo.

Su respiración se cortó.

Pero entonces

Llegaron sus siguientes palabras, graves y firmes.

—Pero tú eres mía.

Su corazón dio un salto.

No como propiedad.

No como control.

Algo más.

Algo más profundo.

Más fuerte.

Reclamación.

Protección.

Elección.

Y por primera vez desde que todo se derrumbó…

Abital no se sintió como algo desechado.

Se sintió

Elegida.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP