—Otra vez.
La voz de Uriel cortó el frío aire matutino como el acero.
Apreté el agarre de la daga en mi mano, mis dedos aún sin familiarizarse con su peso. El campo de entrenamiento se extendía a nuestro alrededor —piedra oscura bajo nuestros pies, rodeado de muros imponentes que parecían atrapar tanto el sonido como el miedo en su interior.
O tal vez esa era solo yo.
—Lo estoy intentando —murmuré, cambiando mi postura como me había mostrado.
—Intentar no es suficiente. —Su tono era tranquilo,