El aire era denso, cargado de energía.
La luna llena brillaba sobre el Santuario, iluminando la antigua piedra con un resplandor etéreo.
Laila se mantuvo firme, su respiración controlada,
su pulso acelerado.
Desde las sombras del templo, el Guardián de la Luna Roja emergió.
Un lobo colosal, de pelaje plateado con vetas rojizas que parecían brillar con la luz de la luna.
Sus ojos eran fuego líquido, antiguos, sabios…
y llenos de juicio.
Era una prueba.
Un duelo de honor.
Y Laila tenía que supera