Nathan se recostó en su silla, con los dedos golpeando suavemente el escritorio en un ritmo pausado. Sus ojos seguían fijos en los diseños que Elena le había entregado hacía unos minutos. Había algo que no dejaba de inquietarlo, algo demasiado familiar.
Tomó su teléfono y marcó el acceso directo para llamar a su asistente, Samon.
—¿Hola, señor Nathan? —se escuchó la voz al otro lado.
—Necesito que investigues a alguien —dijo Nathan sin rodeos.
—¿A quién?
—A Elena.
Hubo un breve silencio.
—¿Qué