Punto de vista de Elara.
No grité ni abrí la puerta de golpe para exigir una explicación. Ni siquiera lloré.
Las lágrimas se secaron en el instante en que oí la voz de Dante, ese gruñido grave y profundo que confesaba mi fracaso a la mujer que me quería muerta.
Me aparté de la puerta y volví por el pasillo. Mis pasos no hicieron ruido sobre la gruesa alfombra. Llegué a mi habitación, cerré la puerta y me senté en el borde de la cama.
Él no quería una esposa, ni siquiera una pareja. Quería una m