Mundo ficciónIniciar sesiónDespués del desfile de tragos, Estéfano terminó completamente ebrio. Viviana se tambaleaba mientras llamaba al mesero para que llevara la cuenta y les consiguiera un taxi. Pagó con la tarjeta de su sueldo y salió con la ayuda del camarero con Estéfano hasta el taxi con dirección al departamento de ella. Al llegar, el guardia del conjunto de apartamentos le ayudó a llevar a Estéfano hasta el ascensor.
Una vez llegaron al piso número siete, Viviana sacó la llave de su cartera y abrió la puerta del departamento. Estéfano apenas podía pararse; ella lo instaba a arrastrarse y así consiguió que entrara al cuarto. Una vez fuera del alcance de las cámaras de seguridad, Viviana lo colocó sobre la cama con una técnica de enfermería de combate que funcionaba bien para el caso. Le quitó la ropa y lo cubrió con las sábanas; luego ella se quedó únicamente con el brasier y se acostó a su lado sobre su pecho. Llevada por el cansancio, se durmió. Los rayos del sol invadieron la habitación. Estéfano despertó con dolor de cabeza y sin ánimos de levantarse; el peso del cuerpo de Viviana le impedía moverse. Quiso zafarse de su agarre para investigar, pero ella, que ya llevaba varios minutos despierta, se quejó levemente y lo miró. Él le dijo que iba al baño y ella le señaló con pereza una pequeña puerta en la esquina. Él se encontró completamente desnudo y se cubrió con la almohada mientras buscaba tambaleante su ropa. Ella extendió los brazos; el encaje de su brasier apenas la cubría y, como si no le importara que él la viera, le lanzó la sábana en la cara mientras ella se colocaba una fina bata beige. Estéfano, en el baño, registró cada rincón: no había más que champú ordinario, jabón, crema depiladora y un paquete de toallas sanitarias abierto. Al salir del baño se puso a buscar su ropa; sintió náuseas al levantar la camisa con rastros de alcohol y vómito. El pantalón estaba igual. Se enrolló en la sábana y fue a preguntar por su celular a Viviana. Ella le contestó que no lo había visto y que intentara hablar bajito porque le dolía mucho la cabeza. Él le pidió que lo ayudara a conseguir ropa y ella respondió que lo ayudaría después de que él dejara limpio el piso. Estéfano torció los ojos y se sentó a beber el café que ella ya tenía servido. Al terminar, ella le extendió los instrumentos de limpieza. Su sonrisa fría y depredadora se paseó por su torso como si examinara dónde le iba a clavar los dientes. Estéfano rebuscó entre las sábanas y debajo de la cama y no logró encontrar el celular. El frío corrió por su espina dorsal. —Estoy perdido —se dijo, escuchando el agua cayendo de la ducha. Revisó rápidamente los cajones del ropero y no encontraba nada. Viviana salió con el cabello mojado y con el uniforme del condominio ya puesto. Le dijo que tenía dos opciones: la primera, quedarse hasta que ella regresara comprándole ropa; y la otra, usar una camiseta que ella usaba para dormir en invierno (recuerdo de su novio) y una licra ultra stretch que era parte de su indumentaria de entrenamiento en danza. Estéfano no podía darse el lujo de perder el tiempo, optó por la ropa que tenía a la mano e ingresó al baño a cambiarse. Viviana, con una risa triunfante, recogió su cabello (el agua aún goteaba) y colocó el peine sobre el ropero mientras buscaba las llaves para salir. Estéfano aprovechó el momento y tomó un poco del cabello que se encontraba en el peine. Al acercarse al guardia, este los detuvo en seco y les devolvió el celular. —Anoche se ha caído su celular en el ascensor —explicó mientras extendía su mano en dirección a Viviana. Ella agradeció, tomó el celular y se lo devolvió a Estéfano. Subieron apurados al taxi y él le dio su dirección para pasar a cambiarse de ropa; Viviana se fue al condominio Falcón a cumplir con su trabajo. Una vez en su casa, Estéfano buscó conseguir los videos de las cámaras de seguridad del conjunto de apartamentos y del bar. Después de pagar una buena suma de dinero, le hicieron llegar los videos. Vio a Viviana tambalearse hasta caer sobre él en la entrada; el guardia intentó ayudar, mientras él les gritaba que lo soltaran (era la mano derecha del presidente del grupo Falcón). Llegó con ayuda del guardia al ascensor y, mientras tambaleaba, el celular cayó de su bolsillo. Viviana buscó las llaves y batalló un rato hasta encontrar la llave correcta. Se arrastraron juntos hasta que entraron y se cerró la puerta. La otra cámara proyectaba el celular bajando en el ascensor al primer piso; su sonido alertó al guardia, que lo levantó y colocó en el cajón de objetos perdidos. Revisó el buzón de llamadas y encontró una llamada perdida de Damián Falcón. Le devolvió la llamada y él respondió que lo llamó solamente para saber cómo le iba y, como no respondió, supuso que en su cita estaba disfrutando al máximo. Viviana llegó impecable al condominio Falcón y recogió las cosas de Eddy para llevárselo con Diego. Kiara preguntó si, de darse el caso, ella iría a la casa de Diego a cuidar de Eddy mientras ella se iba con Damián, y la respuesta la dejó helada. —No, señora. No quiero encontrarme con don Patrick. Los ojos azules de Kiara se volvieron oscuros; sin embargo, preguntó el porqué y la respuesta parecía sacada de una de sus pesadillas. —Estéfano me dijo anoche que los Falcón están buscando otra musa porque el negocio de las piezas de colección que se lanzaron para que el señor vuelva a verla les está dando todavía ganancias netas —Kiara frunció el ceño y torció los ojos, pero Viviana terminó de explicar sus razones—. Señora, yo necesito el trabajo, pero quiero seguir viviendo. Trabajaré aquí hasta que firmen mi finiquito y, de ser necesario, hasta que me consiga un reemplazo. Las lágrimas brotando de sus ojos tensaron a Kiara. Ella la abrazó negando rotundamente la posibilidad de lanzar objetos de colección inspirados en reencuentros o romances, y le pidió que reconsiderara su decisión. Viviana, con las lágrimas en sus mejillas, prometió que lo haría por el niño.
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