La alarma de Belén sonó repetidas veces. Ella se estiró perezosamente, con la cabeza pesada y el pecho apretando un grito. Salió rápido a la cocina y se dedicó a preparar su arroz. Al terminar, el reloj marcaba las 7 a. m. Colocó todo en unas viandas de su tía y salió. A media cuadra de su casa estaba Xavier.
Ella respiró hondo y siguió el camino trazado. Él se bajó del carro y la tomó del brazo.
—¿Dónde estabas anoche que no abriste la puerta? —preguntó.
—Ese no es problema tuyo —respond