Belén entró a la casa de Inés dando un portazo seco. Con su respiración agitada, encendió la laptop y reabrió el documento de La danza eterna; sus manos plasmaron en la hoja sus dudas y enojo en una danza que continuaba cada noche a las diez hasta terminar el vals.
Al día siguiente, con lentes oscuros, un traje negro y una blusa blanca, se fue temprano al museo. El guardia, al verla, saludó animado.
—Como vamos a ser compañeros de trabajo, ¿qué tal si almorzamos juntos? Al mediodía termina m