Con Inés más tranquila, Ismael y Serena salieron juntos al recorrido mensual. Llevaron provisiones para el camino y solicitaron a Inés que no los esperara para el almuerzo porque les tomaba todo el día; ella asintió y regresó a su dormitorio.
Ismael, con un machete, iba abriendo el camino cubierto por la maleza; Serena iba detrás observando su amplia espalda y la exactitud de sus movimientos. No era su idea de familia construida en el orfanato; aquella imagen era más brillante, viva y real.