Capítulo Setenta y Nueve. El precio de la Luna
El aire se volvió más espeso cuanto más se acercaban.
Los árboles crecían tan juntos que apenas dejaban pasar la luz. Entre las raíces retorcidas, la bruma danzaba como si tuviera voluntad propia, y el canto de los cuervos resonaba, lúgubre, entre las copas.
Rowan, en cabeza, mantenía la mirada fija. Sus pasos no vacilaban, aunque su pecho ardiera por el esfuerzo de mantener a raya el miedo ancestral que el bosque sembraba.
Kael, a su lado, respira