De repente, una mano fría y temblorosa agarró el brazo del taxista. Los ojos de la mujer estaban muy abiertos y vidriosos, inyectados en sangre por el dolor. —¡Por favor! ¡Te lo ruego! ¡Alguien se llevó a mi hija!
—¡¿Qué?! —Los ojos del conductor se abrieron de golpe. Reaccionó rápido y ayudó a Lucía a levantarse del pavimento—. No se preocupe, doña. Rápido, cuénteme todo. ¿Quién se la llevó? ¿Los vio? ¡Yo la ayudo!
Su voz rebosaba de una justa furia catracha, dispuesto a actuar. Lucía, incapaz