—¡Ah, cierto! ¡Reaccionen, muchachas!
Las palabras de Doña Bessie rompieron el estupor. La habitación se convirtió en un cuartel de maternidad: una mujer cambiaba el pañal de Alisson, otra administraba la medicina con precisión, mientras Bessie, con una fuerza incansable, refrescaba cada centímetro del cuerpo de la bebé. Alguien le alcanzó un biberón a Lucía, instándola a preparar la leche.
Las luces del humilde dormitorio no se apagaron en toda la noche. Solo cuando el rojo encendido desaparec